La crítica situación vivida por la villa de Ontinyent en las últimas semanas de 1859, tras un verano y un otoño excesivamente secos y las repetidas peticiones presentadas por la vecindad, mayoritariamente agrícola, ante el alcalde, José Mayans y Enriquez de Navarra, obraron la decisión unánime del Cabildo Municipal, celebrado el viernes 23 de diciembre, de trasladar a la población desde el Santuario de Santa Ana la imagen del Ssmo. Cristo de la Agonía “con el objeto de que se le hiciesen rogativas para implorar el beneficio del agua”. Era grande la escasez que se observaba, al estar todavía sin sembrar las tierras de secano del término, remitiendo un oficio al párroco de San Carlos, José Melo Vilella, en cuya jurisdicción quedaba la ermita, a fin de que dispusiese su traslación, e invitando al clero de la misma a concurrir a la manifestación religiosa y a las rogativas que en el templo se celebrarían en los días 26, 27 y 28 de aquel mismo mes.
En la misma jornada era enviado otro comunicado al regente de la parroquial de Santa María, Francisco Gómez Ochando, explicándole el acuerdo municipal, unido a la invitación para que, junto a su clero, asistiese a los actos religiosos programados, confiando no ser desoída la resolución “atendiendo el grandísimo objeto que los motiva”.
Aquellos oficios tuvieron una rápida y concisa respuesta por parte de los dos párrocos, quienes el mismo día de Navidad, enterados de sus contenidos, remitían sus decisiones al presidente del Ayuntamiento Constitucional.
Mientras José Melo manifestaba no solo la grata resolución tomada para implorar la lluvia beneficiosa y conveniente para la siembra, junto a los religiosos sentimientos que animaban al propio alcalde y concejales, a los que se sumaba su disposición para dotar a las celebraciones de la correspondiente solemnidad; Francisco Gómez, tras alabar los altos sentimientos de cristiana piedad del propio consistorio con la determinación del traslado de la cetrina imagen y el rezo de las rogativas públicas, comunicaba que el clero de Santa María solo podría asistir representado por una comisión, como deseo de corresponder a la atenta invitación, por coincidir en esos días la celebración de solemnes cuarenta horas ante Jesús Sacramentado. Aducía además que “ante un culto bien ordenado no podía saltar las reglas ni exigir a los sacerdotes integrantes de su Clero levantasen su rodilla, ante la presencia del Señor Sacramentado y en su parroquia, yendo a doblarla ante solo una imagen y a otra parroquia”, lo que desató todo tipo de comentarios entre aquella preocupada población, no aprobando la actitud y la arrogancia del presbítero.

Con nutrida asistencia de fieles y con la presidencia del clero de San Carlos y el Consistorio Municipal, a las 3 de la tarde del día de Navidad, antes que se adormeciera la luz del día, partió la sacra y devota manifestación religiosa, trasladando la venerada imagen desde su habitáculo de Santa Ana hasta la parroquial de San Carlos Borromeo por el barrio de la Canterería, Pont Vell, plaza Nueva y calle Mayor, no asistiendo el clero y párroco de Santa María, según indicaba por escrito, la misma víspera, el propio Francisco Gómez, por el reducido número de residentes del clero.
Durante los tres días programados, a las 9 en punto de la mañana, y a los pies de la milagrosa imagen colocada en el presbiterio, fue oficiado el sacrifico de la misa con sermón, cantándose a su conclusión las letanías con las correspondientes preces, a las que nuevamente no asistió ningún integrante del clero de Santa María, renunciando el propio Francisco Gómez a la predicación del primer día, anotando en su escrito remitido el día de Nochebuena a la Municipalidad, el poder quedar representado por su vicario “y si no obsta en ocupación parroquial de urgencia asistiré personalmente uno de los días uniendo mi pobre oración a la del Ilustre Ayuntamiento y Villa”.
Era la primera vez que la devoción que la villa sentía por la venerada imagen, la hacía entronizar en el templo de San Carlos, para la petición de la lluvia bienhechora, después de haber sido erigido como parroquia, tras la firma del Concordato en 1851. Durante las señaladas jornadas y las que les precedieron, la convicción de la fe en la cetrina imagen dio a aquellas gentes la confianza que necesitaban para llenar de paz el corazón y enfrentarse a todos los sinsabores que la vida les deparaba, siendo continuas las celebraciones religiosas oficiadas durante muchas semanas, donde fueron expuestas de forma sencilla necesidades, deseos, penas y alegrías. El rezo de preces halló su recompensa semanas más tarde con la lluvia y la nieve, que acabó con la sequedad de las tierras, junto al amor gratuito y magnánimo que el Smo. Cristo les regalaba y al que de manera especial contribuyeron los ciento ochenta días de indulgencias concedidos por dos prelados españoles: El Arzobispo de Valencia Fray Joaquín Company Soler y el Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla Francisco Javier Cienfuegos y Jovellanos.

Nadie podía profetizar que aquellos actos piadosos, que en determinados momentos habían sido oficiados para solicitar la protección divina por sequías y epidemias, unido a los diferentes episodios bélicos acontecidos por nuestros enfrentamientos con el ejército marroquí, concluyentes en las primeras semanas del año 1860 con la toma de Tetuán, desembocarían en los festejos vividos a mediados del mes de febrero, coincidentes con la todavía presencia de la venerada imagen en la población. Estas celebraciones servirían de prolegómenos a las que estaban previstas para los primeros días de agosto centradas en los Moros y Cristianos y de las que desconocemos desde qué momento estaban proyectadas. Quién sabe si la presencia del Santísimo Cristo de la Agonía en la población ayudó a incentivarlas y poner en marcha sus preparativos.
