El secretario municipal, Natalio Regolf Hernandiz, reflejaba el 1º de enero del año 1904 la constitución del nuevo Ayuntamiento de la Villa de Ontinyent que presidido por el conservador Amadeo Martí Boscá, viviría, a pesar de las penurias por las que atravesaba el municipio y que le obligaban a dejar desatendidos servicios perentorios, importantes efemérides como la concesión del título de Ciudad y la celebración del L Aniversario de la declaración dogmática de la Pureza de María que llevaría a la creación del Batallón Infantil, el cual tomaría parte activa en los festejos de moros y cristianos del año siguiente.
Asistente una representación de la Corporación Municipal a los funerales de la Reina Isabel II celebrados en el templo plebano, éste daba la bienvenida el 22 de mayo a las cinco de la tarde, a su nuevo párroco, Rvdo. Tomás Valls Valls, que desde la puerta de la iglesia de San Francisco se dirigió por la calle Mayor hasta la de Santa María para tomar posesión canónica de su nuevo cargo, ante la presencia del clero local, comunidad franciscana, autoridades y numerosos fieles.
Aunque la pertinaz sequía asolaba nuestro término y llevó a la reducción de las aguas de algunas fuentes como la denominada de la “Sagrantana”, de carácter público, cuyo caudal alimentaba desde las diez de la noche hasta el amanecer la del Matadero, el consistorio no dejó de desatender las reparaciones de la carretera de la Estación, de las calles de Magdalena, Mayans y Gomis, de las fuentes de las plazoletas de San Pedro y Santo Domingo, la canalización de la fuente de Bodí, el arreglo del paseo de San Antonio, que permanecía alumbrado con carburo… así como los festejos de moros y cristianos que presididos por el moro marino, José Sanz Ferri, recibieron una subvención de 500 ptas. satisfechas el 10 de septiembre según libramiento nº284 propuesto por la Comisión Municipal de Fiestas, mercados y ferias presidida por el 1er. Teniente de Alcalde, Francisco Segrelles Casanova, e integrada además por los regidores José Tormo Martí y Ramón Boronat Laporta.

Nuestra población, que intentaba satisfacer desde inicios de siglo la demanda de alojamiento para los visitantes a nuestras fiestas, veía aumentada la oferta de manera significativa con la apertura del establecimiento situado junto al balneario conocido como “La Salud”. Sumándose con ello a las fondas de Gabriel Cortell o de Hija de P. Martí, así como a las posadas Del Caballo y Del Sol, propiedad de Rafael Grau y José Gandía, respectivamente. Así como detenerse a tomar algo en las tabernas de Antonio Ferrero, José Ferrero, Josefa Gandía, Mario Gironés, José Mollá, Ricardo Montés o José Antonio Pla. Las aguas minero-medicinales ya habían sido declaradas de utilidad pública por Real orden de 16 de marzo de 1899 y tres años antes se había iniciado su embotellado. En esta ocasión, su gerente, José Mª Calatayud, solicitaba la apertura del hotel, con arreglo a los planos ya aprobados y contando con unas excelentes instalaciones, que satisfacían el artículo 8º del reglamento de baños a efectos del 5º. La inauguración tuvo lugar el 15 de junio. En pocos años habían adquirido un gran renombre, avaladas por las condiciones excepcionales de las mismas. Un edificio construido siguiendo las indicaciones del ingeniero José Maestre, que contaría con la dirección de Mr. Alphonse, al frente del hotel París de Valencia. Como medio de promoción se confeccionaría una tirada de 25 tarjetas postales, que por medio del objetivo de Francisco Moya y Julio Derrey, inmortalizaban las dependencias y alrededores. Cabe señalar que un año antes, según señala el periódico Las Provincias, el número de agüistas ya había pasado de 900, despachándose más de 40000 botellas al año. Así como la visita de dos enfermos procedentes de Estados Unidos, uno de Buenos Aires y otro de Orán, como consecuencia de la memoria leída en el último congreso médico celebrado en Madrid.
Asimismo, el viernes 15 de abril la Compañía del Norte iniciaba a las 5h el servicio de los ferrocarriles entre Alcoy y Ontinyent. Desde el edificio de ladrillo de igual forma que el de Xàtiva, ubicado en la ciudad del Serpis −junto a tres más dedicados a cochera coches, mercancías y cochera de máquinas−, partiría el convoy que salvaría un paisaje pintoresco en el que se combinaban terraplenes, un castillo pintoresco, tramos con pendiente ascendiente y descendiente y desfiladeros de montañas, como el de Agres-Ontinyent que contaba con siete túneles y que daban al viajero la sensación de estar “suspendido en el aire”. La línea, cuya construcción se había prolongado durante años, suponía un pulmón con el que oxigenar el transporte de viajeros, mercancías y correo. Aconteciéndose un descarrilamiento entre Agres y Ontinyent, poco menos de un mes después, el 12 de mayo, al haberse salido de sus ejes las dos ruedas delanteras de la máquina.

El gozo del estío, traería la luz de un nuevo festejo con los mismos sonidos de siempre. Proclamado a las 6 de la tarde del miércoles 29 de junio, tras invitar por escrito la Junta Directiva de Fiestas a la M. I. Corporación Municipal, vio partir la comitiva con moros y cristianos desde la plaza de Alfonso XIII, llenando de victoria las calles y plazas generosas, contagiando el entusiasmo y el júbilo. El rito de todos los años alentó a la Villa a cambiar en parte su fisonomía levantando el castillo de madera, estrenado hacía poquísimos años atrás. La fiesta estaba a la vuelta de la esquina y con ella los entresijos propios de su preparación como la contratación de la música, la toma de decisiones y un largo etcétera, llevados a buen término por la junta de la Sociedad de Festeros que veía como diferentes vicisitudes, entre ellas la estrecha economía, hicieron menguar el número de comparsas, como la de Tomasinas que enmudeció del escenario tras los festejos de 1902, así como el de sus componentes, lo que obró que algunas comparsas se vieran obligadas a repetir, a veces en las mismas personas, durante varios años el cargo de capitán, representándolo con un auténtico esfuerzo difícil de imaginar hoy en día.
Ontinyent bullía y con él, los agüistas, que a decir del Diario de Córdoba llegaban desde “todas la regiones de España, figurando entre ellos una numerosa colonia andaluza”. Entre excursiones, giras, bailes y otras diversiones análogas se alternaban los tratamientos de las aguas indicadas para infinidad de patologías. Venían atraídos también por la hospitalidad de nuestros ancestros, gracias a las mejoras en las infraestructuras de las cuatro carreteras y la línea férrea, desde la que partía un servicio de coches hasta el propio hotel de 111 metros de fachada, que según nos indica el mismo rotativo todavía se encontraba en construcción.
Finalmente, moros y cristianos pisarían las calles en las jornadas comprendidas entre el 26 y 29 de agosto. Contando con una extraordinaria concurrencia de forasteros, dispuestas infinidad de colgaduras y de luces iluminaban risueños semblantes en unos días que habían de sucederse entre el buen yantar. A las 17h se iniciaba la entrada de los ejércitos entre los aplausos de un público entregado en las calles de Gomis, Mayans y Tundidores. Capitaneadas las huestes cristianas por el capitán Sarrió y el embajador Rafael Campos Fita, se sucedían las comparsas de Estudiantes, Contrabandistas, Labradores −que estaban acompañados por la banda del regimiento Vizcaya− y Marineros con su fragata Almanzor. Mientras el bando moro estaban encabezadas por su capitán Francisco Soriano y el embajador Roberto Sarrió, conformando el cortejo las comparsas de Turcos, Kábilas y Moros Marinos, tripulando la barca Almanzor. La noche con ritmo desbordado se unió a la alegría y a la luz de los cromáticos faroles en su recorrido por las vías afectuosas repletas de gentes que gozaron junto a los festeros de la retreta.
El desfile alegre, a las primeras horas de la mañana del sábado, con lo sones del pasodoble inauguró nuevamente la escena festiva. Calles y plazas de la Vila, del Poble Nou y de les Cases Noves presenciaron y aplaudieron el discurrir de las huestes con el corazón vibrante que tras el almuerzo y del parlamento jocoso y bravucón del Contrabando entre el marinero y el contrabandista a lomos de un mulo que finalizó con la entrega de las mercancías de alijo, se acercaron en compañía de sus músicas a oír el sacrificio de la misa en los templos asignados por la propia junta de fiestas en unión a representantes del clero local.
Cuando el sol, aun plomizo, ya escapaba a su retiro, la villa como una candela en viva llama, alumbró y arropó la bajada de la milagrosa imagen hasta el Real templo, siendo esperada por autoridades e invitados en el conocido y desaparecido portal de Santa Ana, donde principio el desfile procesional de las comparsas que hasta allí portaron el olor acre de la pólvora quemada en sus arcabuces. Entronizado el Smo. Cristo de la Agonía, ya en la noche de 9 a 12h, fueron convocadas las gentes, al igual que en los dos siguientes días, en la plaza de Alfonso XIII y en la pequeña de San Carlos donde se desarrollaron los tradicionales y vetustos bailes de filadas a cargo de Marineros, Moros Marinos, Contrabandistas y Labradores y las serenatas por las agrupaciones musicales acompañantes de Estudiantes, Kábilas y Turcos.
Las almas se levantaron al alba dispuestas a vivir la jornada repleta de luminosidad interior y deleite espiritual proporcionada por la presencia física de la venerada imagen. Moros y Cristianos proclamaron la grandeza, al participar en la diana, discurriendo en regocijo por los viejos tránsitos festoneados por las gentes y acudir a cumplir con el precepto dominical en los diferentes templos locales. A las nueve, convocados por el sonar de los bronces ante la fortaleza y recibidas las enseñas con la cruz y el creciente de luna, festeros y cargos, autoridades e invitados acompañados por los acordes del pasodoble se acercaron a cumplimentar al Smo. Cristo de la Agonía en la solemne misa mayor que con orquesta y coros se ofició bajo una profusión de luces y flores, en la parroquial de San Carlos regida por el Rvdo. Vicente Domingo Ases Nácher. Regresando nuevamente, a su conclusión, la comitiva hasta la Casa Capitular donde quedaron custodiadas las banderas para en la tarde y en punto de cinco, trasladarse hasta el templo del purpurado de Milán, donde se inició la solemne procesión que recorrería las calles de Mayans, Tundidores, Plaza de Castear, Trinidad, Mayor, Iglesia, Monjas, Magdalena, plaza de Alfonso XIII, San Jaime, Príncipe, Santo Domingo, Santa Rosa, Reina y Gomis terminando en el aludido templo.
La noche cubrió de bullicio la población, entre grupos de jóvenes cantando. A las cuatro de la mañana, acampados los ejércitos en el río Clariano en los puntos del Tirador y Pinos de Bodí, se encendieron las hogueras y se “tomó la mañana”, en preparación del combate. Con el toque de diana por parte de todas las músicas, se inició el simulacro y la batalla, mientras algunos vaciaban pellejos de vino. Las fragatas, en representación de la marina, se batían el cobre, entre zambullidas por parte de los contendientes.

A las siete, los cristianos emprendían la retirada hacia la plaza de la Constitución, para tiempo después, dar paso a la voz potente del joven embajador Roberto Sarrió pidiendo la rendición. Tras la victoria muslímica, la tarde repitió el ritual esta vez con el admirable recitar de Rafael Campos, tomando de nuevo los contendientes de la cruz posesión del castillo.
Las fiestas no estarían carentes de polémica. Las crónicas de las mismas a través del periódico republicano El Pueblo, nos desvelan los estragos causados en la población por este mismo medio de información. Causando la reacción por parte de algún sector, azuzando a las mujeres para que procuraran que sus respectivos maridos no compraran dicho periódico o del clero asegurando que “el que lo compre dará con sus huesos en las infernales calderas del bufo Botero”.
Unas fiestas cerradas con bailes, serenatas, algazara y jaleo, en ausencia del menor incidente y con la admirable ejecución de las bandas de música, principalmente la local dirigida por Enrique Casanova. Toda una oferta para el visitante, que se ve había visto nutrida a lo largo del verano por algunas corridas de toros, precisamente el mismo año en que se celebraba el 50 aniversario de la declaración del Dogma de la Inmaculada. Con los ecos de la tarde del domingo 11 de septiembre se devolvía la piadosa imagen del patrón de la fiesta a la ermita de Santa Ana. Dando oficialmente por concluidas las postreras celebraciones que tendría Ontinyent antes de la concesión del título de ciudad.

